lunes 5 de octubre de 2009

Altazor. Vicente Huidobro

Cátedra, 2007
Yo creo que ni el propio autor era consciente de la magnitud de su obra cuando la hubo publicado. Para muchos, entre los que me incluyo, es el claro ejemplo de lo que proponían sus textos teóricos y el movimiento que él encabeza, es decir, se trata de una obra cuyo lenguaje no hemos visto antes, sino que está siendo creado en el poema mismo. Pero, al mismo tiempo, se trata de un viaje. Un viaje para lograr esta meta definitiva que culmina en el canto VII con la desintegración del lenguaje.
Altazor consta de un prólogo y siete cantos. En el prólogo se habla del viaje, de qué es Altazor, y ya en el canto I vemos cómo se hace una identificación de Altazor con dios. Los versos hablan del final de una época y de la necesidad de una nueva, pero el viaje se interrumpe en el canto II, que resulta ser un canto a la figura femenina. Es curioso comprobar cómo Espronceda ya interrumpe su obra en el segundo canto para hablar de una mujer, aunque Huidobro no lo hará en los mismos términos. La presenta como tabla de salvación.
Con el canto III volvemos al viaje hacia la nada. Disminuyen los versos y comienzan a abundar las metáforas. En el canto IV el poema se convierte en una suerte de prosa y abundan los juegos de palabras que, empero, mantienen aún un significado que se irá perdiendo en el canto V, donde se cambian las categorías gramaticales de las palabras, aparece una cansina imagen de un molino con ecos nietzscheanos y, finalmente, el lenguaje se vuelve casi irreconocible en el canto VI. El significado de las palabras ya no importará nada, aunque al menos seguirá habiendo palabras reconocibles, cosa que no aparece en el último canto, el canto de llegada, con el nuevo lenguaje que buscaba el poeta.

En este sentido, el poema es todo un éxito y un recorrido coherente, laborioso y para nada el absurdo que puede parecer abriendo una página cualquiera al azar. Pero no deja de ser un experimento poético y ahí está, en mi opinión, su gran defecto y su mayor virtud.

martes 4 de agosto de 2009

Viajes al otro mundo. H. P. Lovecraft

Alianza Editorial
¿Por qué, a los que nos gusta H. P. Lovecraft, nos gusta tanto? Ciertamente, su literatura no se caracteriza por la profundidad de la filosofía que se esconde entre sus líneas, ni por sus magistrales giros en el lenguaje. Antes al contrario, su lenguaje es simple, hasta rudimentario en algunos pasajes. ¿Por qué nos cautivan sus libros, sus historias? La respuesta creo que es bien sencilla: por sus historias mismas.
Todos los libros que he leído suyos se caracterizan por dos cosas. La primera, visible hasta para el que no ha leído ni una sola línea de este señor, es el terror que motiva que su pluma se deslice por el papel. No importa si al final sus historias te hacen temblar o si tienes una mente de hierro y ni te inmutan: la pretensión está ahí. Se puede tocar. En lo que nos cuenta hay miedo, un miedo primitivo, un miedo al que no le hacemos caso y que él consigue sacar a la luz. La otra cosa que los caracteriza es el viaje a lo desconocido que sólo se puede equiparar, como bien dicen en el prólogo de este libro que no estoy reseñando, a los viajes a los que conduce el LSD o alguna droga del estilo. La diferencia con el LSD es que aquí no nos estamos drogando, sino leyendo un libro, y eso basta para llevarnos a lugares que no imaginamos. Eso basta para hacernos ver criaturas que nos llevarían a la locura si las tuviésemos delante.

¿Y qué es lo que pasa con las aventuras de Randolph Carter? En mi opinión, que no están a la altura de muchos de sus relatos cortos. Hay alguno que sí, que acaba con fuerza o que se desarrolla como alguien que no se acerca a su obra por primera vez podría esperar, pero no es una constante. Ni siquiera todos los relatos forman una historia compleja y que se pueda organizar de manera secuencial. Noto una cierta desorganización. Dejamos a Randolph Carter convertido en una criatura monstruosa y en el siguiente relato nos metemos en una aventura onírica que nada tiene que ver (ni siquiera tiene presente) lo anterior. Es lo menos que podía esperar de relatos que tienen el mismo hombre como protagonista, pero no. Tampoco se lo echaría en cara, porque tiene grandes virtudes que hacen olvidar este imprevisto.
Lo primero es la belleza de lo que transmiten algunos pasajes. Claro, como el terror no está tan presente como en otras de sus obras, nos hemos metido de lleno en el mundo de los sueños. Y ahí hay cosas verdaderamente maravillosas, que tampoco sospechamos. Éste es un viaje a la fantasía, también primitiva, del mundo de los sueños. Muestra de ello es la novela corta que cierra el libro. No es aquello que esperaba encontrar, pero es todo un descubrimiento ver que el gran escritor de terror sabía mostrar otras caras suyas.

viernes 3 de julio de 2009

After Dark. Haruki Murakami

Círculo de Lectores, 2009


Las historias con personajes múltiples sin aparente conexión entre ellos pero cuyas vidas acaban cruzándose se pusieron de moda hace algunos años, sobre todo después del Oscar conseguido por la película Crash. El problema de After Dark, de Haruki Murakami, no es que estén ya muy vistas, sino que está lejos de ser una historia que nos interese. Aunque en los primeros capítulos Murakmi logra captar la atención del lector, conforme pasan las páginas los personajes no logran causarnos ninguna impresión positiva. De hecho, ninguna impresión en absoluto. Ni los amas, ni los odias, ni les coges cariño, ni los respetas, ni los entiendes... Al contrario de aquellos libros en los que no hay acción y aparentemente no ocurre nada pero acaban calando hondo, en After Dark ocurren muchas cosas pero no pasa nada. Acaba el libro y te quedas con la misma sensación que cuando empezaste, no remueve el alma, no golpea la conciencia, no deja marca. No gusta, pero tampoco disgusta. La discreción con la que pasa por nuestra mente es tal que ni siquiera nos quedará esa odiosa sensación de haber estado perdiendo el tiempo.
Aún así, mientras se lee, en ningún momento se hace pesado y se puede leer con gran facilidad en un caluroso día playa. Pero nada más.

viernes 26 de junio de 2009

La voluntad. J. Martínez Ruiz

Cátedra, 2006

Antonio Azorín es un rebelde de sí mismo, tal y como leemos en algún momento de La voluntad, novela en la que, premeditadamente, no pasa nada. Pero también pasa todo: formación intelectual (una vez salvados los primeros capítulos de la novela y durante toda la primera parte), vida de escritor, abulia, pérdida de la voluntad, regreso. Bien podría verse en este Antonio Azorín a su autor o incluso a buena parte de la Generación del 98.
Desde las enseñanzas del maestro Yuste hasta su reflejo en el joven escritor en sus andanzas por Madrid, esta novela está llena de frases, diálogos, soliloquios que son resumen de un pensamiento, y que son reflejo de múltiples lecturas atentas a Nietzsche, Montaigne, Schopenhauer, Proudhon, por citar algunos nombres. Los personajes con los que se encuentre Azorín tampoco serán cosa baladí, ya que se irá cruzando con personajes de su época, con Baroja (Olaiz), inventores más o menos fracasados, personajes anónimos pero no por ello menos reales, etcétera. Hasta Iluminada está tomada de una mujer con la que J. Martínez Ruiz se encontró en su juventud.
Tampoco faltan las críticas: ni el clero, ni los escritores, ni el ambiente que le tocó vivir quedan exentos de ellas.
Pese a lo tedioso que pueda parecer, es un libro que leo, al menos, una vez al año. El lenguaje, sencillo, directo pero descriptivo, y el contenido, me llevan a una lectura que, a lo sumo, dura poco más de una semana. Me hace ser voraz. Me recuerda lo que he llegado a amar la lectura.

miércoles 24 de junio de 2009

Seis piezas fáciles. Richard P. Feynman

Crítica, 2006

Richard P. Feynman es considerado por muchos un genio por haber abordado la física de una manera diferente. En su día hizo un curso introductorio para alumnos de 1º y 2º y, de su versión escrita, se seleccionaron los seis capítulos más sencillos. Esos seis capítulos son el grueso de este libro, y son eso mismo: seis piezas fáciles que van desde los átomos a una sucinta introducción a la mecánica cuántica.

Su mayor virtud es la sencillez. Esos ejemplos que consiguen que en un minuto se asimile lo que se ha estado intentando comprender a lo largo de páginas. No todo es tan sencillo como parece y hay capítulos que se hacen farragosos, y ejemplos más difíciles de entender (las máquinas reversibles, por ejemplo), pero, en general, es una muy buena manera de acercarse a un terreno al que los no científicos le huyen despavoridos. A mi juicio, de los seis capítulos, el más interesante ha sido el dedicado a poner en relación la física con otras ciencias.

No obstante, creo que eso de que sería el único libro merecedor de ser pasado a la próxima generación de científicos (como decía John Gribbin) sea demasiado acertado. Si acaso el curso completo. Habrá que ver cómo son esas Six not so easy pieces.

jueves 18 de junio de 2009

Los de abajo. Mariano Azuela

Cátedra, 1992


A desmitificar la versión oficial que se ofrecería tras la institucionalización de la Revolución mexicana iría destinada buena parte de la narrativa, pero el origen de ésta tiene lugar mucho antes de que se pudiese atisbar el final de la contienda. Una de las primeras novelas (si no la primera importante) que surgen con la Revolución como motivo principal es Los de abajo, del mexicano Mariano Azuela, cuyas escenas y cuadros se enmarcan en la primera fase.
Esta novela ve la luz por primera vez en El Paso del Norte, periódico en el que aparece en veintiséis entregas en 1915. Mariano Azuela no era partidario de Venustiano Carranza, pero se permite la publicación de esta obra en un periódico que era fiel reflejo de sus ideas por ilustrar el desencanto de un partidario de Pancho Villa, lo cual favorecía sus intereses. No obstante, no se le da importancia hasta diez años después de su publicación, cuando surge el interés por dar con novelas que ilustrasen el proceso que había tenido (y estaba teniendo) lugar en la sociedad mexicana y su vida política. Dicho debate surgía a raíz del desprecio por la literatura anterior (constante en el mundo de las letras) que representaban simbolistas y modernistas y encontraba como nuevos modelos una literatura consciente de su época y cuyo principal ejemplo sería esta novela. El primero en hablar de Los de abajo con esta finalidad es Francisco Monterde, que pretende con ello argumentar en contra de «El afeminamiento en la literatura mexicana», artículo que Julio Jiménez Rueda publica en El Universal, dando pie a la revisión de la literatura escrita en México para encontrar en 1924.
Los de abajo es la plataforma desde la que, en oposición con el régimen de Porfirio Díaz, Mariano Azuela plasma sus ideas sobre la Revolución y muestra el profundo desengaño que acaba causándole a medida que pasa el tiempo en el que permanece como jefe del servicio médico en el frente villista, desde donde ve cómo la Revolución se convierte en un producto vacío y de consecuencias catastróficas. Además de la novedad temática, que se desarrollará en novelas posteriores y de otros autores, también es importante la novedad en el ámbito estilístico. Presenta un nuevo lenguaje, fiel representación de la realidad, dado que es amargo, como la revolución misma, con un nuevo tratamiento del tiempo, que se ve fragmentado, y con imágenes visuales tomadas del mundo del cine:

A un tiempo se precipitan otra vez las señoras, y al instante vuelven con una cartera apolillada, con unos cuantos billetes de los de la emisión de Huerta.
Demetrio sonríe, y ya sin más consideración, hace entrar a su gente.
Como perros hambrientos que han olfateado su presa, la turba penetra, atropellando a las señoras, que pretenden defender la entrada con sus propios cuerpos. Unas caen desvanecidas, otras huyen; los chicos dan gritos.


La novela narra la transformación de Demetrio Macías, un «héroe» que pasa de la lucha por la supervivencia al mismo desengaño en el que se ve envuelto Mariano Azuela (Mataix, 2009). En el devenir del protagonista aparecen otros personajes que juegan un papel importante en su evolución; son destacables Luis Cervantes (portavoz del discurso pro-revolucionario más demagógico e interesado) y Alberto Solís (en quien el autor imprime su propia opinión). Ambos, que aparecen ya desde la primera parte, contribuyen de manera notable en el mensaje que pretende transmitir el texto y que, sin duda, transmite con éxito. Tanto estos tres personajes que podemos llamar principales como otros secundarios, según informa Marta Portal, tienen su origen en personas con las que se encontró Mariano Azuela. Así, v. gr., Demetrio Macías no sería otro que un Julián Medina con rasgos de Manuel Caloca: el primero con gran capacidad de mando, el segundo con la temeridad que le veremos a Demetrio.
Tras la presentación de los hechos, la lucha muestra su peor cara en la segunda parte de la novela. La tercera correspondería al regreso del héroe; un regreso que podría constituir la antítesis del regreso del héroe homérico, ya que Demetrio Macías vuelve al comienzo habiendo perdido su norte, sin ninguna motivación para una lucha que ya se lleva a cabo por inercia. Este regreso al origen convierte en circular al argumento de la obra, puesto que comienzan y acaban en el mismo lugar y con la separación del héroe de su esposa e hijo, aunque ambas salidas el autor nos las presenta con un lenguaje distinto, mucho más simbólico en la segunda:

«En cada risco y en cada chaparro, Demetrio seguía mirando la silueta dolorida de una mujer con su niño en los brazos.
Cuando después de muchas horas de ascenso volvió los ojos, en el fondo del cañon, cerca del río, se levantaban grandes llamaradas.
Su casa ardía...» (Azuela, 1992: 79)

«—¡Hora sí, bendito sea Dios que ya veniste!... ¡Ya nunca nos dejarás! ¿Verdad que ya te vas a quedar con nosotros?...
La faz de Demetrio se ensombreció.
[…]
—¡Demetrio, por Dios!... ¡Ya no te vayas!... El corazón me avisa que ahora te va a suceder algo!...» (Azuela, 1992: 206-207)


Este suceso sólo confirma la circularidad que ya se percibe en la novela desde el momento en el que Demetrio Macías, aunque no consiente el asalto a la casa del cacique en el capítulo V de la segunda parte, ordena que se le prenda fuego. La similitud es indiscutible: fuego, barbarie.
Los de abajo, más allá de individualidades (de que los personajes sean trasunto de aquellos con los que se fue encontrando el autor, de que narre un episodio concreto, del breve lapso de tiempo que abarca), tiene un carácter universal que difícilmente se puede poner en duda. Demetrio Macías y su peripecia heroica (antiheroica si tenemos en cuenta que el final de la novela es la antítesis del regreso de Odiseo a Ítaca) son una particularización de la nación mexicana. Los aspectos diferenciadores se deben a la visión personal de Mariano Azuela, pero más allá de la opinión que se deja ver, la esencia es la misma que la del período de tiempo que se desarrolla en la novela.

sábado 23 de mayo de 2009

La soga. Alfred Hitchcock



Plano secuencia. Sólo he podido contar tres cortes (los demás son imperceptibles), y por las exigencias de la época (los rollos de cinta no son eternos). Y brillante actuación de los actores, masculinos y femeninos. Especialmente, Edith Evanson, James Stewart y John Dall. Era la primera película de Hitchcock que veía. Como hasta la fecha sólo me ha pasado con las de Peter Greenaway y David Lynch, lo primero que pensé es: ya no se hace cine así. Es una de esas películas que, después de haberla visto, sigues recordando y cada instante te parece mejor, cada detalle que uno recuerda contribuye a hacer que merezca todavía más la pena haberse sentado 77 minutos delante de una pantalla.

El argumento no tiene mucho misterio: dos estudiantes, homosexuales según los críticos (dato que me parece absolutamente irrelevante), asesinan a un tercero con el fin de transgredir las normas morales aceptadas por la sociedad. Nietzsche, por lo que parece. Después dan una fiesta, sirviendo la cena en el lugar donde han escondido al muerto. Aparentementen terrible, bello para ellos. Toda ella transcurre entre la pretendida superioridad de Brandon (John Dall) y un inseguro Philip (Farely Granger) que a punto está varias veces de dar al traste con todo el «crimen perfecto». El tercer personaje crucial es Rupert (James Stewart), que pasa toda la cena intuyendo lo que sucede y no sabemos si lo descubre o no hasta el final de la película, en la que vemos un brillante (aunque de interpretación quizá algo forzada) disgurso sobre interpretación de ideas.

No digo más, por si no se ha visto.