Cátedra, 1992

A desmitificar la versión oficial que se ofrecería tras la institucionalización de la Revolución mexicana iría destinada buena parte de la narrativa, pero el origen de ésta tiene lugar mucho antes de que se pudiese atisbar el final de la contienda. Una de las primeras novelas (si no la primera importante) que surgen con la Revolución como motivo principal es
Los de abajo, del mexicano Mariano Azuela, cuyas escenas y cuadros se enmarcan en la primera fase.
Esta novela ve la luz por primera vez en
El Paso del Norte, periódico en el que aparece en veintiséis entregas en 1915. Mariano Azuela no era partidario de Venustiano Carranza, pero se permite la publicación de esta obra en un periódico que era fiel reflejo de sus ideas por ilustrar el desencanto de un partidario de Pancho Villa, lo cual favorecía sus intereses. No obstante, no se le da importancia hasta diez años después de su publicación, cuando surge el interés por dar con novelas que ilustrasen el proceso que había tenido (y estaba teniendo) lugar en la sociedad mexicana y su vida política. Dicho debate surgía a raíz del desprecio por la literatura anterior (constante en el mundo de las letras) que representaban simbolistas y modernistas y encontraba como nuevos modelos una literatura consciente de su época y cuyo principal ejemplo sería esta novela. El primero en hablar de
Los de abajo con esta finalidad es Francisco Monterde, que pretende con ello argumentar en contra de «El afeminamiento en la literatura mexicana», artículo que Julio Jiménez Rueda publica en El Universal, dando pie a la revisión de la literatura escrita en México para encontrar en 1924.
Los de abajo es la plataforma desde la que, en oposición con el régimen de Porfirio Díaz, Mariano Azuela plasma sus ideas sobre la Revolución y muestra el profundo desengaño que acaba causándole a medida que pasa el tiempo en el que permanece como jefe del servicio médico en el frente villista, desde donde ve cómo la Revolución se convierte en un producto vacío y de consecuencias catastróficas. Además de la novedad temática, que se desarrollará en novelas posteriores y de otros autores, también es importante la novedad en el ámbito estilístico. Presenta un nuevo lenguaje, fiel representación de la realidad, dado que es amargo, como la revolución misma, con un nuevo tratamiento del tiempo, que se ve fragmentado, y con imágenes visuales tomadas del mundo del cine:
A un tiempo se precipitan otra vez las señoras, y al instante vuelven con una cartera apolillada, con unos cuantos billetes de los de la emisión de Huerta.
Demetrio sonríe, y ya sin más consideración, hace entrar a su gente.
Como perros hambrientos que han olfateado su presa, la turba penetra, atropellando a las señoras, que pretenden defender la entrada con sus propios cuerpos. Unas caen desvanecidas, otras huyen; los chicos dan gritos.
La novela narra la transformación de Demetrio Macías, un «héroe» que pasa de la lucha por la supervivencia al mismo desengaño en el que se ve envuelto Mariano Azuela (Mataix, 2009). En el devenir del protagonista aparecen otros personajes que juegan un papel importante en su evolución; son destacables Luis Cervantes (portavoz del discurso pro-revolucionario más demagógico e interesado) y Alberto Solís (en quien el autor imprime su propia opinión). Ambos, que aparecen ya desde la primera parte, contribuyen de manera notable en el mensaje que pretende transmitir el texto y que, sin duda, transmite con éxito. Tanto estos tres personajes que podemos llamar principales como otros secundarios, según informa Marta Portal, tienen su origen en personas con las que se encontró Mariano Azuela. Así, v. gr., Demetrio Macías no sería otro que un Julián Medina con rasgos de Manuel Caloca: el primero con gran capacidad de mando, el segundo con la temeridad que le veremos a Demetrio.
Tras la presentación de los hechos, la lucha muestra su peor cara en la segunda parte de la novela. La tercera correspondería al regreso del héroe; un regreso que podría constituir la antítesis del regreso del héroe homérico, ya que Demetrio Macías vuelve al comienzo habiendo perdido su norte, sin ninguna motivación para una lucha que ya se lleva a cabo por inercia. Este regreso al origen convierte en circular al argumento de la obra, puesto que comienzan y acaban en el mismo lugar y con la separación del héroe de su esposa e hijo, aunque ambas salidas el autor nos las presenta con un lenguaje distinto, mucho más simbólico en la segunda:
«En cada risco y en cada chaparro, Demetrio seguía mirando la silueta dolorida de una mujer con su niño en los brazos.
Cuando después de muchas horas de ascenso volvió los ojos, en el fondo del cañon, cerca del río, se levantaban grandes llamaradas.
Su casa ardía...» (Azuela, 1992: 79)
«—¡Hora sí, bendito sea Dios que ya veniste!... ¡Ya nunca nos dejarás! ¿Verdad que ya te vas a quedar con nosotros?...
La faz de Demetrio se ensombreció.
[…]
—¡Demetrio, por Dios!... ¡Ya no te vayas!... El corazón me avisa que ahora te va a suceder algo!...» (Azuela, 1992: 206-207)
Este suceso sólo confirma la circularidad que ya se percibe en la novela desde el momento en el que Demetrio Macías, aunque no consiente el asalto a la casa del cacique en el capítulo V de la segunda parte, ordena que se le prenda fuego. La similitud es indiscutible: fuego, barbarie.
Los de abajo, más allá de individualidades (de que los personajes sean trasunto de aquellos con los que se fue encontrando el autor, de que narre un episodio concreto, del breve lapso de tiempo que abarca), tiene un carácter universal que difícilmente se puede poner en duda. Demetrio Macías y su peripecia heroica (antiheroica si tenemos en cuenta que el final de la novela es la antítesis del regreso de Odiseo a Ítaca) son una particularización de la nación mexicana. Los aspectos diferenciadores se deben a la visión personal de Mariano Azuela, pero más allá de la opinión que se deja ver, la esencia es la misma que la del período de tiempo que se desarrolla en la novela.